Toda enfermedad crónica plantea, al margen de los problemas somáticos, problemas psicológicos importantes, que son comunes a todos los procesos que se desarrollan de una manera inexorable para desembocar en una invalidedez permanente o en un desenlace fatal previsible en un plazo de tiempo variable.
La cronicidad determina el paso irreversible de un estado normal a un estado que se sale de las normas habituales.
Cuando la enfermedad crónica afecta a un niño, afecta también, a través de éste, a todo el grupo familiar. La aplicación del programa terapéutico se efectúa, pues, dentro de un marco de relaciones interhumanas de estructura triangular (de manera esquemática): niños-padres-médicos, relaciones polarizadas en la enfermedad crónica en cuestión.