Pablo del Pozo Herce, Paula Sánchez, Ester Sierra García, Raquel Martínez-Tomás
La práctica del chemsex, entendido como el consumo intencionado de sustancias psicoactivas para potenciar o prolongar la actividad sexual, se ha consolidado como un fenómeno emergente con importantes implicaciones para la salud pública [1].
La evidencia disponible muestra un incremento sostenido de su prevalencia en los últimos años, asociado a un mayor riesgo de infecciones de transmisión sexual, sobredosis, alteraciones en la salud mental y conductas sexuales de riesgo. Esta conducta ha proliferado en todos los tramos de edad dentro del grupo de hombres que tienen sexo con hombres (HSH), apoyada por aplicaciones de geolocalización y con potenciales impactos sobre la salud individual y colectiva [2,3]. En este contexto, es imprescindible que las enfermeras comunitarias, por su rol clave en promoción de la salud, detección precoz e intervención en el ámbito comunitario, adquieran los conocimientos y habilidades adecuadas: deben poder identificar conductas de chemsex, aplicar estrategias de reducción de daño, colaborar en la derivación a servicios especializados y proporcionar atención sin estigma. Esto se ve respaldado por estudios que muestran que el desarrollo de programas de formación para profesionales sanitarios es una de las recomendaciones prioritarias para afrontar este fenómeno [2, 4].
Diversos estudios, entre ellos investigaciones recientes realizadas en el contexto español, han documentado un aumento significativo de la atención sanitaria relacionada con el chemsex, así como la utilidad de instrumentos específicos como la escala ChemSex Inventory, para identificar patrones de consumo y factores predictivos de riesgo [1]. Estos datos ponen de manifiesto la necesidad de implementar programas de reducción de riesgos y daños dirigidos a las personas que practican chemsex, con un enfoque integral y basado en la evidencia (por ejemplo, intervenciones basadas en aplicaciones tipo web demostraron reducir la intención y práctica de este y aumentar la realización de pruebas de VIH y otras ITS) [5]. Dichos programas deberían incluir estrategias de educación para la salud, promoción del sexo más seguro, reducción del estigma, atención psicológica y derivación a recursos especializados. Además, resulta esencial incorporar un enfoque de salud pública que combine prevención, atención y reinserción social, ya que las revisiones sistemáticas muestran que los programas accesibles, personalizados y sin juicio, son claves para la respuesta pública [6]. En este contexto, la enfermera comunitaria desempeña un papel clave por su capacidad para detectar precozmente situaciones de riesgo, ofrecer acompañamiento terapéutico, promover prácticas seguras y participar activamente en la investigación y desarrollo de intervenciones efectivas. La formación específica en reducción de daños y en la comprensión del fenómeno del chemsex constituye una herramienta indispensable para una respuesta sanitaria eficaz y no estigmatizante.
El abordaje del chemsex requiere, por tanto, una acción coordinada entre los distintos niveles asistenciales y profesionales, así como la integración de la perspectiva enfermera en las estrategias de salud pública y promoviendo la formación continua sobre esta temática La evidencia disponible señala la urgencia de desarrollar políticas y programas que prioricen la reducción de riesgos y daños como elemento central en la atención a esta población [1,6]. y la respuesta al fenómeno debe articularse desde un enfoque integral que combine prevención, atención clínica y reinserción social, reconociendo la complejidad biopsicosocial del fenómeno y la necesidad de estrategias sostenibles a largo plazo [4]