La salud pública global enfrenta un desafío sin precedentes, uno que trasciende las patologías infecciosas, transmisibles o la enfermedad crónica: la desigualdad en el entorno de vida y la crisis ambiental global. Este no es un problema ajeno a las enfermeras: es su responsabilidad y es de su competencia. La evidencia científica ha posicionado esto como el determinante social y ambiental de la salud más urgente del siglo XXI. La Salud Planetaria, definida como el bienestar de las comunidades globales y los ecosistemas naturales de los que dependemos (físicos o biológicos, además de sociales y también emocionales), se ha convertido en la nueva métrica esencial para la equidad sanitaria y la sostenibilidad de la vida en nuestro planeta.
Es imperativo que la disciplina enfermera contemple también su práctica profesional a la luz de esta realidad. El determinante ambiental ya no se limita a los riesgos tradicionales locales, como el saneamiento, ciertos riesgos biológicos o el acceso a agua segura; sino que se ha redimensionado para incluir riesgos globales y emergentes con implicaciones directas en la salud comunitaria. La contaminación atmosférica, el aumento de temperaturas y el cambio climático, que provocan olas de calor o fenómenos meteorológicos adversos gravísimos, la movilidad mundial o el cambio en la distribución geográfica de vectores, actúan como multiplicadores de vulnerabilidad. La morbimortalidad, pérdida del bienestar y la calidad de vida observadas provoca un aumento en la incidencia de enfermedades respiratorias, brotes transmitidos por vectores en territorios libres de esas enfermedades, y problemas de salud mental derivados del desplazamiento o la angustia ecológica, entre otros muchos problemas de naturaleza individual, colectiva y/o global.
Como casi siempre, este impacto está generando nuevas inequidades. La crisis ambiental y de entornos vitales afecta desproporcionadamente a individuos y comunidades con escasos recursos y mayor fragilidad o vulnerabilidad social, siendo las mismas comunidades que reciben la atención de las enfermeras comunitarias y que no deben ser ignoradas. El rol clave de abogacía de la enfermera comunitaria también en aspectos socio-ambientales es, por tanto, una cuestión de justicia social y rigor ético.
En este contexto, la investigación debe ser como una brújula para la acción. Se requiere urgentemente una agenda de investigación robusta, enfermera, pero también transdisciplinar. Es fundamental generar evidencia empírica que cuantifique el impacto de los factores ambientales y de las características de los entornos de vida específicos sobre los territorios, las personas y las comunidades, y evaluar la efectividad de las intervenciones comunitarias en la mitigación de estos riesgos.
Desde la óptica de la práctica, la enfermería comunitaria debe integrar la salud planetaria en su marco conceptual y profesional. Esto requiere la necesidad de seguir investigando y formando profesionales capaces de realizar evaluaciones exhaustivas de los riesgos en esos entornos de vida de las personas, así como del riesgo ambiental. Quizá sea un marco de trabajo idóneo para la práctica avanzada enfermera, pues sugiere una capacidad de evaluación realmente global, integral, con gestión de casos complejos comunitarios, con la implementación de intervenciones que fortalezcan la resiliencia de la ciudadanía, y que promueva la salud en todas las políticas. No es un objetivo menor ni sencillo.
Actualmente, y en el marco de esta salud más global, parece que la atención sanitaria se ha complejizado, al irrumpir la Salud Digital también en la práctica de Enfermería Comunitaria, algo que parece no encajar demasiado bien con la atención colectiva, al llamarlo medicina/atención sanitaria personalizadas. Esta tendencia a la personalización no busca transitar a los cuidados personalizados (porque el cuidado siempre es personalizado y ajustado a la idiosincrasia y naturaleza de la persona y familia), sino adaptar las intervenciones comunitarias y de salud pública a las necesidades, demandas, riesgos ambientales y características sociales específicas de cada individuo dentro de su contexto comunitario. Las aplicaciones móviles, la telemonitorización o el uso de la Inteligencia Artificial (IA) surgen como herramientas beneficiosas y poderosas también para la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad, también para las intervenciones comunitarias. La enfermera debe identificar pues ese interés comunitario y liderar la implementación ética de estas herramientas, asegurando que el acceso a la tecnología no se convierta en una nueva fuente de inequidad sanitaria o en una brecha digital, sino en un valor añadido positivo para el cuidado.
En conclusión, la salud planetaria no es un nicho o una moda, sino un contexto macro en el que se desarrolla toda la enfermería comunitaria. Es un llamado a la acción para el rigor, la ética y el compromiso global. El futuro de la salud de nuestras comunidades y del planeta están inevitablemente unidos. La pregunta ya no es si debemos actuar, sino cómo la enfermería debe liderar esta transformación urgente, impulsada por la investigación y la evidencia científica, y acompañada de un sinfín de herramientas digitales que sirvan para que el cuidado sea más justo, más efectivo y más equitativo.