Patricia Pérez Andrés
Este artículo presenta una narración en primera persona sobre el impacto del suicidio en los profesionales sanitarios, desde la experiencia de una enfermera de Atención Primaria en el medio rural. A través de un episodio vivido durante una jornada asistencial aparentemente rutinaria, se describe cómo la cercanía propia de los pueblos intensifica no solo el sufrimiento de las familias, sino también la carga emocional de quienes cuidan. El relato aborda el momento de la intervención sanitaria tras el suicidio de un joven, el acompañamiento a sus padres y la posterior vivencia de soledad profesional. Más allá del cumplimiento del protocolo, el texto reflexiona sobre el silencio emocional que rodea a los sanitarios tras enfrentar este tipo de tragedias y la falta de espacios para elaborar lo vivido. El artículo pone en valor el papel de la enfermera como sostén humano en situaciones límite y plantea una pregunta clave: ¿quién cuida de quienes cuidan?
This article presents a first-person narrative on the impact of suicide on healthcare professionals, based on the experience of a primary health care nurse working in a rural setting. Through an episode that occurred during an apparently routine clinical day, the narrative illustrates how the close-knit nature of rural communities intensifies not only the suffering of families but also the emotional burden borne by those who provide care. The account addresses the moment of professional intervention following the suicide of a young man, the support offered to his parents, and the subsequent experience of professional isolation. Beyond adherence to clinical protocols, the article reflects on the emotional silence that often surrounds healthcare professionals after facing such tragedies and the lack of spaces to process these experiences. The article highlights the nurse’s role as a human source of support in situations of extreme vulnerability and poses a key question: ¿who cares for those who care?