Raquel Brinquis Seco, Pilar Angela Pulido Arellano, Miguel Bernal Rosa, Paula Garcia Jordan, Nilsa Carmen Viejo Lezcano
El presente caso clínico analiza la evolución psicológica de un niño de 10 años expuesto desde la primera infancia a un entorno de violencia intrafamiliar, consumo de sustancias por parte de los progenitores y negligencia emocional. Desde edades muy tempranas, el menor presenta episodios de desregulación emocional, autolesiones y aislamiento social. En este contexto, se introduce el uso de videojuegos como una vía de escape ante la inestabilidad familiar, derivando en un patrón de uso excesivo y compulsivo desde los cuatro años de edad. A lo largo del seguimiento, se observa cómo el uso problemático de videojuegos cumple la función de estrategia de afrontamiento disfuncional frente a la adversidad.
La sintomatología mejora significativamente tras cambios estructurales en la dinámica familiar, especialmente la reducción del contacto con la figura materna, la cual presentaba una conducta negligente y agresiva. A partir de entonces, el tratamiento psicológico comienza a mostrar mayores resultados, disminuyendo los síntomas emocionales, mejorando el rendimiento académico y favoreciendo el vínculo social del niño con otros. Al cierre del caso, el menor refiere utilizar los videojuegos únicamente como forma de ocio.
Este caso pone en evidencia la necesidad de abordar los síntomas conductuales en la infancia desde una perspectiva contextual e integradora, considerando el impacto de las experiencias tempranas de violencia en el desarrollo emocional y las formas de autorregulación. Se destaca la importancia de la intervención temprana, el abordaje familiar y la comprensión del uso de pantallas no como causa, sino como síntoma de malestar psicológico.
This clinical case analyzes the psychological evolution of a 10-year-old boy who has been exposed since early childhood to a family environment marked by domestic violence, parental substance use, and emotional neglect. Since the age of three, the child has exhibited frequent tantrums, outbursts of anger, and episodes of self-harm and social withdrawal. Within this context, video games were introduced as a means of escape from the instability at home, progressively leading to a pattern of excessive and compulsive use from the age of four. Throughout the clinical follow-up, it becomes evident that problematic video game use does not constitute an independent disorder but rather a dysfunctional coping strategy in response to chronic adversity.
The child’s symptoms improve significantly following structural changes in the family system, particularly after contact with the mother—who displayed neglectful and aggressive behavior—is reduced. From that moment on, psychological treatment becomes more effective, emotional symptoms decrease, academic performance improves, and the child begins to establish more stable peer relationships, not only in virtual environments but also in real-life contexts. At the end of the intervention, the child affirms that “video games were the only thing that saved me from that situation, but I no longer need them—now I just play for fun.” This case underscores the importance of interpreting behavioral symptoms in childhood from a contextual and integrative perspective, considering the long-term effects of exposure to domestic violence and emotional trauma. It also highlights the need for early intervention, a systemic therapeutic approach, and a better understanding of screen use as a symptom of psychological suffering rather than its cause.