Elisa Salvador Casabón, Izarbe Gran Vargas, Natalia Martín Iranzo, Laura Villarroya Martínez, Javier Adán Laguna, Diego Fernández Velasco
La hemorragia postparto (HPP) es una de las principales causas de morbilidad y mortalidad materna a nivel mundial. Se define como la pérdida sanguínea superior a 500 mL tras un parto vaginal o 1.000 mL tras una cesárea, aunque su impacto clínico depende del contexto hemodinámico y del estado basal de la gestante. La fisiopatología está dominada por la atonía uterina, aunque otras causas como trauma, retención placentaria o coagulopatías (las “4 T”: tono, trauma, tejido y trombina) deben considerarse y abordarse de forma secuencial. Los factores de riesgo incluyen antecedentes obstétricos, patologías médicas maternas, técnicas obstétricas específicas y complicaciones durante el parto. Dado que no todos los casos pueden preverse, se recomienda aplicar estrategias preventivas universales, como el manejo activo del alumbramiento con agentes uterotónicos. El diagnóstico precoz se basa en la cuantificación objetiva de la pérdida hemática, el reconocimiento de signos indirectos de hipovolemia y el uso de herramientas como el índice de shock. La monitorización hemodinámica intensiva, la colocación de accesos venosos amplios, el uso precoz de vasopresores y la reposición guiada por parámetros clínicos y analíticos son fundamentales. Las pruebas viscoelásticas permiten individualizar la transfusión de hemoderivados, mejorando la eficacia y reduciendo riesgos asociados. El manejo anestésico debe ser ágil, protocolizado y coordinado con el equipo multidisciplinar. Incluye la administración precoz de ácido tranexámico, la reposición de líquidos templados, la corrección de alteraciones del equilibrio ácido-base, y el soporte farmacológico o mecánico avanzado en casos de shock hemorrágico. El anestesista desempeña un papel central tanto en la estabilización inicial como en la toma de decisiones terapéuticas intraoperatorias. La HPP es una urgencia obstétrica tiempo-dependiente. Su abordaje eficaz exige prevención, reconocimiento precoz, manejo escalonado según la causa y un enfoque colaborativo multidisciplinar. La estandarización de protocolos y la formación continua son claves para mejorar los resultados maternos.
Postpartum hemorrhage (PPH) is one of the leading causes of maternal morbidity and mortality worldwide. It is defined as blood loss exceeding 500 mL after a vaginal delivery or 1,000 mL after a cesarean section, although its clinical impact depends on the hemodynamic context and the baseline status of the pregnant woman. The pathophysiology is dominated by uterine atony, although other causes such as trauma, retained placenta, or coagulopathies (the “4 Ts”: tone, trauma, tissue, and thrombin) must be considered and addressed sequentially. Risk factors include obstetric history, maternal medical conditions, specific obstetric techniques, and complications during delivery. Since not all cases can be predicted, universal preventive strategies are recommended, such as active management of labor with uterotonic agents. Early diagnosis is based on objective quantification of blood loss, recognition of indirect signs of hypovolemia, and the use of tools such as the shock index. Intensive hemodynamic monitoring, placement of large venous accesses, early use of vasopressors, and replacement guided by clinical and analytical parameters are essential. Viscoelastic tests allow for the individualization of blood product transfusions, improving efficacy and reducing associated risks. Anesthetic management must be agile, protocolized, and coordinated with the multidisciplinary team. It includes early administration of tranexamic acid, replacement of warm fluids, correction of acid-base balance disturbances, and advanced pharmacological or mechanical support in cases of hemorrhagic shock. The anesthesiologist plays a central role in both initial stabilization and intraoperative therapeutic decision-making. HPP is a time-dependent obstetric emergency. Its effective management requires prevention, early recognition, stepwise management according to the cause, and a collaborative multidisciplinary approach. Standardization of protocols and continuing education are key to improving maternal outcomes.