Este texto reflexiona sobre las profundas implicaciones éticas que atraviesan el trabajo con personas migrantes en el actual contexto de endurecimiento fronterizo, discursos xenófobos y burocracias restrictivas. A partir de experiencias en la enseñanza del español como lengua de acogida, se analizan las tensiones que emergen en los espacios de intervención -aulas, oficinas, centros y dispositivos de acogida- donde la lengua, las normas y los marcos institucionales actúan simultáneamente como herramientas de inclusión y mecanismos de control.
El texto subraya la responsabilidad ética de los equipos profesionales, quienes operan como mediadores entre derechos y procedimientos administrativos, y evidencia cómo cada gesto cotidiano puede contribuir a reproducir desigualdades o, por el contrario, a fortalecer la dignidad y la autonomía de las personas migrantes.
Asimismo, se destaca la necesidad de políticas públicas coherentes, prácticas no paternalistas y una mirada crítica capaz de reconocer la reciprocidad en los procesos de integración. En última instancia, se plantea que la hospitalidad y la defensa de los derechos humanos se construyen en la práctica diaria, convirtiéndose en actos de resistencia frente a los discursos de exclusión.