Lois Redondo Ibáñez, Nazaret Vázquez Maldonado, María Inés Gracia Cadarso, Álvaro Marzal Redondo, Claudia Casanova Escuer
Una paciente de 68 años con antecedentes de hipertensión, tabaquismo, colelitiasis, apendicectomía y fractura por compresión vertebral T11 con dolor crónico fue ingresada en el servicio de urgencias debido a hemiparesia derecha y dificultades en el habla. Se encontraba hemodinámicamente estable, afebril y orientada. La tomografía cerebral reveló un accidente isquémico transitorio de alto riesgo, iniciándose tratamiento con antiagregantes plaquetarios, estatinas y analgésicos (buprenorfina, tramadol/paracetamol).
Cuatro días después del ingreso, presentó deterioro neurológico con disartria, debilidad facial derecha, hipoestesia y debilidad hemicorporal, acompañada de ansiedad por el empeoramiento de su condición. Al octavo día, desarrolló hemiplejía derecha completa, disfagia leve (tolerando dieta normal) y estreñimiento desde el cuarto día. Permanecía mayormente en cama, incorporándose sentado dos veces al día con asistencia, y recibía visitas diarias de familiares.
La evaluación según el modelo de Virginia Henderson mostró necesidades alteradas en movilidad, eliminación, alimentación, higiene y manejo emocional, mientras que respiración, termorregulación y descanso nocturno permanecían intactos. Era totalmente dependiente para el autocuidado, con riesgo de úlceras por presión y afectada emocionalmente por ansiedad e inseguridad. El estreñimiento se relacionaba con la inmovilidad, la dieta hospitalaria y el uso de opioides; el dolor crónico estaba asociado a la fractura vertebral y la sobrecarga postural secundaria a las secuelas del ictus.
El plan de cuidados de enfermería se centró en la prevención de complicaciones mediante cambios frecuentes de posición, vigilancia de la piel, manejo del estreñimiento, prevención de aspiración y control integral del dolor. La rehabilitación incluyó ejercicios pasivos y activos, fisioterapia y terapia del lenguaje para abordar déficits de movilidad, coordinación y comunicación. El apoyo emocional se enfocó en reducir la ansiedad, educación clara del paciente, participación familiar y refuerzo de estrategias de afrontamiento. El entorno se adaptó para garantizar seguridad y confort, incorporando dispositivos de asistencia apropiados.
En resumen, este caso complejo de ictus isquémico ilustra la necesidad de un enfoque multidisciplinario. La enfermería desempeña un papel central en la coordinación del cuidado, la prevención de complicaciones y el apoyo a la recuperación funcional y adaptación psicológica, siendo el pronóstico dependiente de la rehabilitación temprana y el manejo efectivo de riesgos.
A 68-year-old female patient with a history of hypertension, smoking, cholelithiasis, appendectomy, and a T11 vertebral compression fracture with chronic pain was admitted to the emergency department due to right-sided hemiparesis and speech difficulties. She was hemodynamically stable, afebrile, and oriented. Brain CT revealed a high-risk transient ischemic attack, and treatment with antiplatelet agents, statins, and analgesics (buprenorphine, tramadol/paracetamol) was initiated.
Four days into admission, she experienced neurological deterioration with dysarthria, right facial weakness, hypoesthesia, and hemibody weakness, accompanied by anxiety about her worsening condition. By the eighth day, she developed complete right hemiplegia, mild dysphagia (tolerating a standard diet), and constipation since day four. She remained mostly bedridden, sitting up twice daily with assistance, and received daily family visits.
Assessment using the Virginia Henderson model showed altered needs in mobility, elimination, feeding, hygiene, and emotional coping, while breathing, thermoregulation, and nighttime rest remained intact. She was fully dependent for self-care, at risk for pressure ulcers, and emotionally affected by anxiety and insecurity. Constipation was linked to immobility, hospital diet, and opioid use; chronic pain was related to the vertebral fracture and postural overload from stroke sequelae.
The nursing care plan targeted complication prevention through frequent repositioning, skin surveillance, constipation management, aspiration prevention, and comprehensive pain control. Rehabilitation efforts included passive and active exercises, physiotherapy, and speech therapy to address mobility, coordination, and communication deficits. Emotional support focused on anxiety reduction, clear patient education, family involvement, and coping strategy reinforcement. The patient’s environment was adapted to ensure safety and comfort, with appropriate assistive devices introduced.
In summary, this complex ischemic stroke case illustrates the need for a multidisciplinary approach. Nursing plays a central role in coordinating care, preventing complications, and supporting both functional recovery and psychological adaptation, with prognosis depending on early rehabilitation and effective risk management.