Javier Planas Gil, Inés Ariza Lafaja, Raquel Burillo Nebra, Ana Badules Sánchez, David Rillo Gil, Marta Fustero Albero
El esguince acromioclavicular (EAC) es una lesión frecuente del hombro, especialmente en jóvenes y deportistas, representando entre el 9-12% de las lesiones de esta articulación. Su fisiopatología se basa en el daño de los ligamentos acromioclavicular y coracoclavicular, producido habitualmente por caídas sobre el hombro. La clasificación de Rockwood (grados I-VI) permite valorar la gravedad según el daño y desplazamiento articular.
Los signos más comunes incluyen dolor localizado, inflamación, deformidad (como el “signo de la tecla”), y limitación del rango de movimiento. Los mecanismos de lesión suelen ser traumáticos, como impactos directos durante actividades deportivas o accidentes. Factores predisponentes incluyen debilidad muscular, déficit propioceptivo y mal uso de equipamiento deportivo. El diagnóstico se apoya en pruebas clínicas como las pruebas de compresión y Paxinos, complementadas con radiografías. Para lesiones más complejas se emplean resonancia magnética, ecografía musculoesquelética, TAC y, en casos específicos, electromiografía.
El tratamiento varía según la gravedad y las demandas del paciente. El abordaje conservador es el más común, especialmente en grados I-III sin inestabilidad persistente. Este incluye reposo con cabestrillo, crioterapia, AINEs, y progresión hacia ejercicios de movilidad, fortalecimiento del manguito rotador y estabilizadores escapulares, junto con terapia manual si es necesario. En fases finales se trabaja el retorno funcional con gestos deportivos o laborales específicos. El tratamiento quirúrgico se reserva para lesiones grado IV-VI o grado III con mala evolución. La rehabilitación postquirúrgica sigue principios similares al tratamiento conservador.
Una intervención fisioterapéutica temprana, individualizada y basada en la evidencia es clave para una recuperación funcional completa.
Acromioclavicular sprain (AC sprain) is a common shoulder injury, particularly among young individuals and athletes, accounting for 9–12% of all shoulder injuries. Its pathophysiology involves damage to the acromioclavicular and coracoclavicular ligaments, typically caused by a fall onto the shoulder. The Rockwood classification (grades I–VI) assesses severity based on the degree of ligament damage and joint displacement.
Common signs include localized pain, swelling, deformity (such as the «piano key sign»), and limited range of motion. Injuries are usually traumatic, often resulting from direct impact during sports or accidents. Predisposing factors include rotator cuff weakness, proprioceptive deficits, and improper use of sports equipment. Diagnosis relies on clinical tests such as the compression and Paxinos tests, supported by X-rays. More complex cases may require MRI, musculoskeletal ultrasound, CT scans, and, when nerve involvement is suspected, electromyography.
Treatment depends on injury severity and patient activity level. Conservative management is most common, particularly in grades I–III without persistent instability. It includes rest with a sling, cryotherapy, NSAIDs, and progressive rehabilitation involving range of motion exercises, strengthening of the rotator cuff and scapular stabilizers, and manual therapy when needed. The final phase focuses on functional return through sport- or work-specific movements.Surgical intervention is reserved for grade IV–VI injuries or symptomatic grade III cases with poor response to conservative treatment. Post-surgical rehabilitation follows similar principles, emphasizing protected movement and gradual recovery of strength and stability.
Early, individualized, evidence-based physiotherapy is essential for achieving full functional recovery and minimizing the risk of recurrence or chronic complications.